Comienza el año y, con él, los propósitos de año nuevo. Todo el mundo los hace, ya sea por escrito y en público o mentalmente y en privado. Que si comer mejor, que si dejar de fumar, que si hacer más ejercicio, que si estudiar más, que si no enamorarse de la persona equivocada, que si desenamorarse de la persona adecuada... en fin. Mil cosas que luego se van quedando olvidadas en las páginas de los calendarios.
He dicho varias veces que no me gusta hacer propósitos de año nuevo, pero mentía. Sí que me gusta. Lo que no me gusta es hacerlos públicos. Tengo miedo a hacer demasiados planes y que luego se vengan abajo cuando deje de llevar a cabo mis propósitos. Pero, sobre todo, tengo miedo de que los demás sepan que he fracasado. Sé que es absurdo y tremendamente negativo pensar en fracaso antes de empezar ningún proyecto, pero así soy yo: absurda y negativa. Será por eso que me va como me va.
Pero, mira, así es como soy. He intentado cambiarlo, pero es difícil cambiar costumbres tan arraigadas. Me he estado engañando últimamente pensando que había cambiado. No he cambiado, soy la misma. Y tendré que aprender a vivir con ello. Porque yo soy la única que va a estar conmigo hasta el final de mis días. Y me alegro de ello.



