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viernes, 22 de octubre de 2010

La suerte de una gota

He decidido rescatar un antiguo post que escribí en mi primer blog. Me gusta y quiero compartirlo con mis nuevos amigos blogueros.
 

Llueve. Caen gotas incesantemente. Gotas grandes. Gotas pequeñas. Gotas que mojan todo sobre lo que caen. Repican sobre los cristales con un ritmo constante y monótono. Tras estrellarse contra la ventana, agonizan un momento y, finalmente, se deslizan hasta morir. Y todo ésto se repite sin parar. Cada gota hace un viaje distinto y tiene una vida distinta, pero, inevitablemente, todas acaban muriendo en algún lugar: en la ventana de alguna casa, en la hierba recién cortada, en el asfalto de alguna carretera, en el paraguas de algún viandante... Algunos lugares son más agradables que otros para encontrar el inevitable fin. Pero ninguna escapa de su destino. Algunas afortunadas tienen la suerte de caer sobre el agua, la fuente de sus vidas, y acaban fusionándose para convertirse en algo superior y con una vida diferente, pero casi infinita. Curiosa suerte la de una gota. Toda la vida cayendo, pero sin saber dónde. Toda la vida pensando dónde te estrellarás. Siempre en compañía, pero solas al fin. Con una única ilusión. Morir sobre la fuente de sus vidas: el agua.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Deseo



Desde en momento en que lo conocí supe que quería acostarme con él. Había algo en su manera de hablar, de expresarse, que hacía que me fuera derritiendo lentamente por dentro cada vez que lo veía. No podía explicar muy bien qué era, pero me atraía como nunca me había atraído nadie. No era amor: era otra cosa. Además era perfectamente consciente de que era un hombre casado. Por eso aquella noche cuando nos encontramos en la cena de empresa sabía que algo pasaría si permanecía mucho rato a su lado. Yo tenía la sensación de que él no sentía lo mismo por mí, pero que sabía perfectamente la impresión que me causaba y lo utilizaba. Estoy convencida de que le divertía provocarme. El azar quiso que lo sentaran justo enfrente de mí en la mesa junto a su mujer. Empezó a hablar con todos los que lo rodeaban. Era un hombre carismático. La gente lo adoraba. De vez en cuando me miraba de refilón y me guiñaba en ojo, consciente de que a mí se me erizaba la piel cada vez que se cruzaban nuestras miradas. Sentía mucho calor y la garganta seca. No era capaz de intervenir en la conversación por miedo a quedarme sin palabras de repente. Tomé varias copas de vino en un intento por aplacar mi sed y de relajarme un poco, pero eso sólo hizo que estuviera más excitada aún ante cada mirada y cada guiño. De repente sentí que un pie me rozaba la pierna. Miré a mi alrededor y todos estaban enfrascados en una aparentemente divertida conversación. Él me miró unos instantes y me guiñó el ojo. Y continuó acariciándome la pierna mientras le contaba un chiste a los presentes. Sentí que mi mente se iba lejos en el momento en que descrucé las piernas y su pie llegó a mis muslos. Cuando acabó la cena me alejé de él lo más rápido que pude, pero en un momento dado nos cruzamos. Me dijo que su mujer y él se iban a casa. Me dio dos besos mientras agarraba la mano izquierda. Noté que deslizó en ella un papel. Cuando me soltó la mano, la cerré fuerte y la puse detrás de mí hasta que se marcharon. Entonces abrí la mano y desdoblé el arrugado papel. Decía: “Estaré en la puerta del bar en 1 hora. Si quieres que cumplamos nuestras fantasías, ven”. Comencé a respirar pesadamente y sentí que el corazón se me salía del pecho. Salí del restaurante y comencé a andar por la calle rápidamente. De vez en cuando volvía a mirar el papel. Quería hacerlo, lo deseaba más que nada en el mundo. Pero mi mente me decía que no lo hiciera, que no tenía sentido, que aquello no iba a ninguna parte. No fui. Lo volví a ver en la oficina al día siguiente. Me sonrió y me guiñó el ojo como si nada hubiera ocurrido. Nunca supe si fue o no. Pero prefiero no saberlo…

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Para los que creen en el destino...

Por casualidad un criado oyó en la plaza del mercado que la muerte lo estaba buscando. Volvió a casa corriendo y dijo a su amo que debía huir a la vecina población de Samarra para que la parca no lo encontrara. 
Esa noche, después de la cena, llamaron a la puerta. Abrió el amo y encontró a la muerte, con su larga túnica y su capucha negras. La muerte preguntó por el criado.
- Está enfermo y en cama - se apresuró a mentir el amo -. Está tan enfermo que nadie debe molestarlo.
- ¡Qué raro! - comentó la muerte -. Seguramente se ha equivocado de sitio pues hoy, a medianoche, tenía una cita con él en Samarra


Leyenda de la cita en Samarra
(Del libro "El ocho" de Katherine Neville)

sábado, 14 de agosto de 2010

Sucedió una noche (relato semi-erótico)


Compartían mucho más que un espacio reducido en su lugar de trabajo. Hablaban de todo: de sus vidas, de sus problemas, de sus parejas, etc. J. intentaba salir de una relación tormentosa con una mujer que constantemente le era infiel. Estaban en el último intento. I. tenía una relación perfecta con su novio de toda la vida. Tan perfecta que se aburría de su vida idílica. En los nueve años que llevaban trabajando juntos J. había tenido al menos tres relaciones y otras tantas aventurillas pasajeras. I. había estado todo ese tiempo con él mismo hombre. Nunca se habían sentido atraídos el uno por el otro. Ni siquiera se habían planteado salir juntos. Pero un día después del trabajo J. le planteó salir a tomar una copa. Le había estado contando la última discusión que tuvo con su novia. Escuchó por casualidad un mensaje en el contestador de un tipo que le decía lo mucho que había disfrutado con ella la noche anterior. Se sentía fatal. Le había dado otra oportunidad y ella lo había defraudado por enésima vez. I. no tenía nada mejor que hacer ya que su novio estaba fuera de la ciudad por asuntos de trabajo así que accedió a tomar esa copa.
Salieron de la oficina a eso de las 7 de la tarde y se fueron a un bar cercano a tomar una cerveza. J. siguió contándole sus problemas con su chica. Era increíble que hubiera aguantado tanto con ella, le decía, con todo el daño que le había hecho. I. por su parte le decía que entendía su situación, que era normal que le pasara eso ya que estaba muy enamorado de ella. Ella, sin embargo, no tenía queja de su novio, pero estaba algo cansada de la vida monótona que llevaba con él. Quería salir de la rutina y no sabía bien cómo. Una cerveza llevó a otra y decidieron pedir unas tapas para cenar y seguir charlando. El alcohol empezaba a hacer efecto en ellos. I. tenía las mejillas encendidas y J. pensó que nunca se había fijado en lo atractiva que era su compañera. I. empezaba a notarse demasiado a gusto en su compañía y la necesidad de sentir un contacto físico con él la llevaba a tocarle en repetidas ocasiones el brazo o la mano durante la conversación, lo cual a él estaba empezando a excitarle. Alrededor de las 11 decidieron ir a un pequeño local en el que tocaban jazz en directo. Al ser un miércoles, había muy poca gente en el local. Se sentaron en una mesa apartada iluminada sólo por la llama de una veja roja. Pidieron unos cócteles y siguieron charlando. El grupo versionaba temas de los grandes del jazz. Apenas oían la música enfrascados como estaban en su conversación. Cada vez estaban más cerca el uno del otro. Sus rodillas se tocaban. I. seguía manteniendo el contacto físico durante la conversación. No podía evitarlo. Algo de él la atraía increíblemente. En un momento determinado en vez de tocarle el brazo le pasó la mano por el pelo y le acercó la cabeza hasta que sus labios se encontraron. Le besó suavemente sin retirar la mano de su pelo. Separaron las bocas unos centímetros antes de que él la volviera a atraer hacia sí para besarla esta vez más apasionadamente. La banda tocaba “Dream a little dream” y sus manos pasaron a envolver sus cuerpos y a explorarse mutuamente. No había nadie a su alrededor. Los camareros estaban sentados en la barra aburridos hablando entre ellos. J. metió las manos por debajo de su fina blusa de verano y comenzó a acariciar su vientre y sus pechos con suavidad, pero con firmeza. Su piel estaba increíblemente suave lo que le hizo excitarse cada vez más. I. le acariciaba la espalda. Aquí y allá le dibujaba espirales con el dedo índice. Él bajó sus manos por la espalda de I., bajó por sus muslos y volvió a subir, esta vez por debajo de su falda. Sus manos volvieron a posarse en sus firmes glúteos y le bajó las braguitas. La levantó y la colocó encima de él. Ella no paraba de besarle y comenzó a moverse encima de él, lo que le hacía estar al borde del éxtasis. I. se incorporó un poco para que J. se bajara los pantalones. Se volvió a sentar sobre él y notó su erección entre sus muslos, así que separó algo más las piernas y se colocó de modo que él pudiera entrar en ella. La música iba aumentando en intensidad. No sabían qué estaba sonando, pero comenzaron a moverse al ritmo de la música y a jadear al compás. El sudor le resbalaba a I. entre los pechos y  a J. por la espalda. Sabían que estaban apunto de llegar al culmen e iban a llegar juntos. La música empezó a subir en intensidad de manera que cuando en el punto máximo de excitación ambos gritaron, nadie les oyó…
El bar estaba apunto de cerrar así que una vez recompuestos pidieron la cuenta y en la puerta se despidieron con dos besos hasta el día siguiente. Cada uno comenzó a andar en una dirección. Cuando llevaban andados unos 10 metros, por alguna inexplicable razón, ambos se giraron a la vez y sonrieron…