
Y te vas. Y te quedas.
Y te callas. Y me hablas.
Y me escuchas. Y te escucho.
Y entonces me despierto. Y no ha sido un sueño. Pero lo es.
Sigue de largo sin mirar atrás. Ya no se sienta a su lado (¿intencionadamente?). No habla con ella. Procura no quedarse a solas con ella. Y ella no puede evitar preguntarse: "¿cómo ha podido pasar esto de la más agradable admiración y atracción al más puro rechazo? ¿Y por qué me molesta tanto?"
Estoy harta de tí. ¿Por qué no te vas de mi vida de una vez? Estoy harta de de la opresión en el pecho que me causas, harta de que se me caigan las lágrimas cada vez que apareces. Me haces daño, ¿sabes? ¿Crees que no puedo vivir sin tí? Pues sí que puedo. Pero aun así no paras de entrar y salir. Parece que estés intentando poner a prueba mi resistencia. Estoy a punto de sucumbir. Esta ya es la tercera vez que me haces lo mismo y no sé cómo librarme de tí. He tenido que medicarme para ver si de una vez conseguía sacarte de mis entrañas. Pero ni con esas. No sé ni cómo voy a conseguir concentrarme en mi trabajo contigo rondándome la cabeza todo el rato.